lunes, 25 de febrero de 2013

Derechito Parra su casa y la Teoría de la Relatividad

En esta oportunidad -y en las próximas publicaciones- quiero compartir con todos el reconocimiento y admiración que siento por Nicanor Parra, un ejemplo para los nuevos escritores, que deja de manifiesto para todos los que quieren escribir o aquellos que se hacen llamar escritores, sin ninguna excusa, de que ésta es tierra de poetas y grandes escritores: ¡y es que es imposible no sentirse asombrado por la cordillera imponente; resulta un desafío no maravillarse frente al desemboque eterno del mar sobre el horizonte; parece un misterio la fantasía e ilusión de caminos entre los bosques chilenos!, quizás sea todo un desafío el no tener en cada uno de nosotros un pequeño "gran" escritor. Sin embargo, este casi delirante amor por las letras es una bendición que al igual como la flora nacional debe ser sembrado y cultivado con cuidado en la basta llanura del rebaño en el que formamos parte. 

Quiero en esta oportunidad, por estos momentos y con el debido permiso de mi potestad, darme el exclusivo lujo de añadir mis propios condimentos a la forma discursiva en la que Don Nicanor narra sus tal versadas creaciones y al mismo tiempo atreverme a explorar en el camino de la "Antipoesia":


No queda más que dar crítica a mi insulsa creación, en mi afán de admiración por la sátira poética de Parra. No queda más que alimentar la vida de mis creaciones con la fama que merezca, y es que si algo rescato de la corta edad que he vivido, es que lo que uno deja escrito en este mundo puede ser capaz de perdurar aún más allá de la vida mortal, sin embargo, la idea de un escritor o poeta (o por lo menos alguien quien con ansias busca alcanzar tal dichosa reputación) puede terminar siendo su propia muerte con túnica y guadaña incluida. Expresar la sátira que se narra, es un juego verbal que acompaña la graciosa y fácil lectura de este poema: no está de más decir, que la estructura en la cual se conjuga y encaja cada letra en la antipoesia, es una manera especial de expresar cierta relevancia o importancia, dando el toque -a mi parecer- de un completo desastre y el efecto de cajas amontonadas de forma irregular, ¿existe un por qué para ello?, no es algo que quien escribe le toque responder.


martes, 12 de febrero de 2013

Trinchera - [Cuento]

          Cuando empezaba a buscar entre mis viejas notas de papel arrugado, en el estante a la derecha, al fondo de todos mis libros, encontré un día una empolvada libreta. La razón por la que estaba buscando dentro de mis vetustos escritos y antropológicas verdades, ni si quiera yo aún puedo recordarla sin tener que volver varios días atrás, como si poco a poco la memoria me estuviese jugando tretas y barahúndas que en mi mente se van haciendo imposible resolver, así que probablemente desvaríe en la veracidad de ciertos acontecimientos. Siguiendo la línea de la historia (aunque a estas alturas más que una simple línea, sea un río caudaloso cuya vertiente se ha ramificado como las ramas de un árbol frondoso), debiera haber despertado a las 8am, porque a esa hora comenzaba el partido de ya no recuerdo que equipos, aunque mi reloj marcaban las siete de la mañana en punto, yo sabía que eran las ocho, y si bien recordaba, ese mismo día se cambió la hora de los relojes. Hasta esa tarde había permanecido mirando hacia la ventana en mi sillón de terciopelo, tomando un grato café boliviano granulado con dos terrones de azúcar. Afuera, todo era tranquilidad y ningún alma se veía cruzar por las calles, fue allí cuando tomé uno de los libros que permanecían dentro del estante, un estante que albergaba una gran cantidad de novelas, códigos civiles, cuentos, poemas y ensayos que había realizado hace bastante tiempo, libros que ya en mi vida había podido leer y degustar todos, excepto uno que se me había pasado por alto. Logro ver entonces que me levanté por no recuerdo cual carajo razón y dejé la lectura que en ese momento entretenía a mis cristalinos y sedientos ojos. Del libro sólo logro recordar que trataba de un hombre de caballería, aunque la narración parecía ser más bien una ironía, sobre todo en uno de sus grandes discursos donde sentado en una mesa todos los oían. Cuando ya me encontraba de pie, había perdido la hoja en la que estaba leyendo. Caminé un par de metros y tropecé con una mesa de vidrio que sustentaba recuadros con marco de oro y detalles forjados a mano, todos de valiosos momentos que debí de haber vivido pero que no recuerdo. En un pequeño cofre al centro de todo, se encontraban dos anillos de diamantes, relucientes como ninguna otra joya. Un más puro sentimiento de vida llamó a mi reminiscencia y después de treinta años, volvía a contemplar las armas que yo sostuve y que llegué a aborrecer, pero que no podía botar, no podía olvidar, no podía deshacerme de ellas, porque formaban parte de mí. En ese tiempo, mi afición por la lectura no era menor que la de mi hermano y los días que llevábamos atrincherados bajo el cielo nublado cubierto de azufre, los cercos con alambre de púas, bajo los charcos de lodo y conviviendo con las ratas, nos volvía cada vez más cercanos. En los intentos por ganar terreno, nuestra compañía debió lanzarse al ataque y mi hermano fue destinado a ser carne de cañón, lógicamente fue fusilado y mutilado por una guerra de intereses individualistas y estúpidos. La única medalla que logré rescatar de su cuerpo ensangrentado, me recordó siempre la infancia que tuvimos juntos. Corríamos por kilómetros y kilómetros el campo abierto de unos parientes, me parece mucho que hermano de mi papá, y siempre nos gustaba salir a correr por la yerma, la pradera, el río y el páramo más allá del bosque subiendo las montañas, entonces el recuerdo se me hace difuso y entrecortado como en una de aquellas antiguas televisiones que más que un sofisticado aparato electrónico parecían una caja, de esas que uno tenía miedo tocar por no saber que miéchica estaba haciendo. Pero lo que si puedo dibujar en mi mente es la silueta de un hombre, que se me hace muy conocido, y que aparece en reiterados recuerdos esporádicos, pero sólo aparece esa silueta de donaire, de gallardía, como si su postura misma impusiera respeto y al cual yo admiraba, tenia un leve olor a naftalina. Entonces después de aquellos años mozos, de infancia donde mi padre aún me cargaba en brazos, donde mi madre aún podía darme la comida y me regañaba a escondidas si yo mojaba la cama, después de ese tiempo yo aprendí a saber lo que era el peso de una moneda, el sudor que costaba y lo mucho que había que embarrarse para conseguir un puñado que no alcanzaba ni para el kilo de pan. Don Jaime, un terrateniente y dueño de fundos famosos en la zona nos contrató para los trabajos en siembra y curtiembre de sus tierras y ganado, simplemente era un latifundista más, como ya había de aquellos en todas partes, y que nadie les podía decir absolutamente nada, nadie se atrevía a alzarle una sola vez, la voz al patrón. Estábamos con el azadón a un pleno sol –que picaba más que el mismísimo infierno- y por sobre nuestras cabezas aparecieron esos aparatos voladores que parecían perseguirse como si el zorro siguiera al conejo, pero las maromeras descontroladas del primero, lo llevaron a estrellarse en toda la pampa, los días posteriores gente vestida de trajes uniformados llegaron a sitiar el lugar. Me registraron a la fuerza en el ejercito, y después de pasarnos unas cuantas pilchas, y un arma de esas que veías sólo en la caja de imágenes, donde la gente se mataba por amor a su patria, ¡patrañas!, si vivimos todos en la misma tierra, ¿por qué mierda nos quitamos los ojos unos a otros?, porque somos pusilánimes y menesterosos. Por suerte que puedo hablar conmigo mismo, sino ¿quién escucharía las palabras de este viejo loco?, como dicen rostros que habitualmente veo por aquí, rostros que por más que me esmero no logró reconocer. “¿Quién soy yo?”, me han estado preguntando todos estos días, y yo siento que mi cara expresa una inexorable lástima y algo de estupidez, la expresión de un viejo demacrado, chiflado y “cuentero”, como me dice un chamaco que me llama abuelo. Y yo pienso: ¿Qué recresta me importa a mí?, suelo soltar un chiflido como si me estuviera desinflando y muevo la cabeza de izquierda a derecha, mientras lanzo una mueca de incomodidad y una mirada que encuentra cobijo mirando a un punto fijo en el fondo de la pieza. La pintura amarilla de la pared se estaba descascarando. Me levante en cuclillas para alcanzar la libreta que había encontrado el día anterior, pero que dejé en el mismo lugar para cuando se me apeteciera echar una mirada, la verdad es que resultó ser el único texto que no me habré leído de toda mi colección, y es que cuando joven empezaron a llegarme cuantos libros podía imaginarme e intenté que ninguno se me pasara por alto, pero lo que me tenía realmente inquieto era lo que podía decir esas pequeñas paginas que no serían mas de cincuenta y cuya edición se habría emitido hace ya más de ocho años, tenía una cobertura rígida y dura, su textura parecía como si estuviera pasando mi mano sobre una superficie áspera y la impresión dorada de sus letras con sus hendiduras y enclaves perfectamente colocados, su plateado color metálico, y cuando lo abrías emitía un profundo olor a humedad de entre sus hojas. Se me contrajo el corazón y se me apretujó el alma, mi mano que ya se había estirado para alcanzar en lo alto la libreta tuvo que bajar bruscamente para estrujar mi pecho oprimido, como si la sangre me fuese a reventar de entre mis venas varicosas, mis ojos saltaron de expectación y mi rostro entero expresó una queja en su silueta, un sonido casi sórdido salio de mis labios y todo el mundo comenzó a girar a mi alrededor, los muebles y las personas se movían de una lado a otro y yo no podía mantenerme en pie, las fuerzas me estaban abandonando y todo el vigor que tuve alguna vez en el campo de batalla cuando me alcé en contra de un campo minado enemigo, frente a un ejercito que nos superaba en un número de tres a uno, donde el comandante a cargo de la misión no era más que un jovenzuelo que no tendría más que mi edad y que parecía a penas capaz de poder sostener el arma, toda esa fuerza ahora me estaba abandonando y ya no pude mantenerme en pie, caí de un taburete café y pequeño de donde estaba arrimado y di con el suelo como un costal de harina, de esos que uno tenía que cargar al hombro cuando la mula no quería andar (porque cuando se echan, no hay diablo que la haga avanzar), y todo el ruido que provoqué remeció toda la casa de madera antigua, donde un rechinido se escucha en toda la cuadra, y las personas llegaron a mi alrededor viendo espantados como yo estaba tirado en el piso, con una mano en el pecho y cerrando de a poco mis ojos. La libreta también cayó conmigo, y la primera frase que alcancé a leer decorrido era: técnicas para ser feliz, no olvides sonreír. Resulta que jamás hubo guerra, ni tampoco campo, ni en mi vida he sostenido un arma, pero si estaba a punto de morir, ¿por qué no recordar a este viejo en un segundo o en un haz de luz toda una vida como me habría gustado tener?, ¡patrañas! merecía tener una historia digna que por lo menos contar, ¿Y contar a quien?, ¿contar a quien?

Domingo bajo estrellas - [Cuento]


         Algunas veces pienso que caminar bajo las estrellas es de anticuados, de gente cursi y de personas viejas, si hay algo que odio, es eso… caminar bajo las estrellas. Escribí hace mucho tiempo unos garabatos sobre mi cuaderno, tenía la impresión de que se me habían olvidado, pero cuando uno escribe y olvida donde dejó el papel grabado con todo el crisol bíblico y revelador plasmado en unas cuantas líneas (más encima, con mala ortografía), corre el peligro de reencontrarse con frases que pueden hasta cambiar una vida. “Un libro en las manos y en el momento oportuno, puede dar un giro a tu existencia”, eso me lo dijo un amigo… cierto, se llamaba Cristóbal (por si no se nota, no lo he visto hace mucho y casi perdimos el contacto), en ese entonces tenía la leve sospecha de que mi vida era de colores médicos, científicos y todo muy esquemático, bien cuadrado para mis asuntos (iba a usar otra palabra, pero siento que mi lenguaje en esta ocasión debe ser correcto. Pero… ¿Por qué?, bah… weás mías), hasta que un día me di cuenta que era daltónico (por favor no lo interpreten textual… de acuerdo, tengo un pequeño problema en el ojo, pero no es daltonismo… no), entonces tuve que reestructurar toda mi vida por un dichoso y pequeño libro (por eso mismo yo ya no leo, tengo miedo a que me pase lo mismo), mi vida se dio hacia la política y el enfoque social, hacia lo lírico, lo literario, lo narrativo, el mundo creado por los autores, ese mundo que te sumerge y te lleva a cada historia diferente (podríamos decir que aprendí a amar la literatura y la poesía). Ah… ¿quieres saber cual era el libro?, la verdad es que no hay libro, bueno si lo hay, pero no quiero revelar el nombre: trataba sobre las personas que nacían en tubos de ensayo, era una sociedad futurista y selectiva (Si… elitista), donde su felicidad estaba condicionada, felizmente condicionada (que paradoja). ¡Bendito fue el día en el que dí con ese libro!, y sepan como fue a parar a mis manos: Me encontraba oculto en un mesón a la esquina de un local nocturno, cuando una muchacha se me acercó (¿pueden creerlo?), y empezamos a conversar (uno queda tan empavonado cuando se enfrenta a una chica bonita, que termina aceptando todo, así fue como acepté de weón, acompañarla a una exposición de libros), después de todos los barullos, acordamos juntarnos el día de mañana para salir a mirar esos libros, y en el mesón dejó (lo más probable es que intencionalmente) el libro que estaba leyendo. Me lo leí de principio a fin, de corrido (tengo la impresión de que me habré tomado unos siete café en el intertanto), y quedé fascinado con la intención literaria, la narración y un centenar de aspectos. Y me empezó a gustar la literatura, libros los cuales no había leído desde que salí del colegio (mentira… jamás me leí un libro en el colegio), aprendí con cierto resquemor y como no tenía la costumbre de leer (Dicho de otra forma: Interpretar… ¡Dios!, si que soy malo en eso), tuve que ir descubriendo de a poco, libro por libro. (La verdad es que, si lo vemos desde el punto de vista de un observador, yo aprendí a amar la literatura porque aprendí a amar a una chica. Si dejo de amarla, ¿dejaré de amar la literatura?, es lo más probable, de una u otra forma, los libros me recuerdan su aroma, su persona y todo lo que ha salido en esos versos hermosos que escribieron los poetas) Después de salir con ella en varias ocasiones, fui enamorándome, ya no de cómo era (porque me fascinaba todo), sino de las palabras que usaba, cada vocal que pronunciaba con un tono armónico y celestial de los mismos ángeles que interpretaban con sus trompetas a coro (Hace un par de meses, jamás en mi vida habría escrito algo así, ¡que barbaridad!). Una noche salimos a un restaurante, bastante lujoso y de alta alcurnia, y ella fue muy bien arreglada, con un vestido que dejaba su belleza florecer en todo su esplendor, pero lo que nunca falto, fue su libro. Solía comentarme detalles de los autores que leía, detalles y escenas de los libros que amaba y me invitaba a leer con ella algunos pasajes y capítulos, ¡y lo comprendí! (comprendí que me encontraba feliz, preocupado porque mañana podría ser más pesado que hoy, comprendí que estaba relajado, libre y sentía que no tenía obligación alguna, pero al mismo tiempo, tenía una tensión que me obligaba a desesperarme).
         ¿Salgamos a mirar la estrellas?, fue lo único que terminé diciendo y lo primero que se me ocurrió. Así  pude dar respuesta a una de las preguntas que he oído tantas veces en los poemas: ¿Qué es el amor?, el amor… es como un domingo. Pero es de noche… ¡que lástima!